Lo que nadie te dice antes de hacer las maletas

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Nadie te explica que vas a llorar la pérdida de tu país en cámara lenta, en pedacitos, durante años. Que vas a extrañar cosas que ni siquiera sabías que amabas hasta que ya no las tuviste cerca.

Por María Celsa Fernández · Coach en Integración Consciente, especializada en Coaching por Valores e Integración del Estrés

Cuando salí de Venezuela, pensé que lo más difícil sería el aeropuerto. La despedida, el abrazo que se estira porque nadie quiere ser el primero en soltar, la maleta que pesa más de lo permitido porque metiste cosas que en realidad no caben, ni en el equipaje ni en la lógica: una foto, una tierra en una bolsita, una taza que no tenía nada de especial hasta que decidiste que no la ibas a dejar atrás.


Y sí, ese momento fue difícil. Pero no fue el más difícil. Lo que nadie me advirtió es que la despedida no termina en el aeropuerto. Que migrar no es un evento, es un proceso que se sigue desdoblando durante años, en momentos que no ves venir: un olor, una canción, una palabra que aquí nadie entiende igual, una fecha en el calendario que allá significaba algo y aquí pasa desapercibida.

Migrar es elaborar el duelo de varias cosas a la vez, no
solo el país

Durante mucho tiempo pensé que lo que sentía no tenía nombre, o que exagerar mi nostalgia era una forma de debilidad. Después conocí el trabajo del psiquiatra español Joseba Achotegui, quien lleva décadas estudiando el duelo migratorio, y encontré palabras precisas para algo que hasta entonces solo sabía sentir.


Achotegui identificó que quien migra no atraviesa una sola pérdida, sino varias, casi siempre al mismo tiempo: la familia y los seres queridos que quedan lejos, la lengua materna y sus matices que no siempre se traducen, la cultura y sus códigos que dejan de ser automáticos, la tierra, el paisaje, el clima que el cuerpo reconocía sin pensar, el estatus social y profesional que en muchos casos hay que reconstruir desde cero, y el sentido de pertenencia a un grupo que te reconocía sin que tuvieras que explicarte.

Leer eso fue, de alguna manera, un alivio. Lo que yo sentía no era exageración. Era un duelo múltiple, real, documentado. Y entenderlo así cambió la forma en que dejé de exigirme “estar bien” tan rápido.

El valor que más se desestabiliza al migrar: la
pertenencia

Si tuviera que nombrar un solo valor que migrar pone a prueba con más fuerza, sería la pertenencia. No hablo solo del lugar físico. Hablo de esa sensación de ser reconocido sin esfuerzo, de que tu acento, tu forma de nombrar las cosas, tu manera de celebrar o de llorar, encajan sin que tengas que traducirte.


Cuando migras, esa pertenencia automática desaparece. Y lo que queda es la pregunta, incómoda pero necesaria: ¿pertenezco por el lugar donde estoy, o pertenezco por los valores que llevo conmigo donde quiera que voy?


Esa pregunta no se responde en un día. Se responde poco a poco, cada vez que decides qué de tu cultura de origen sostienes con orgullo, qué te permites soltar, y qué construyes de nuevo en el lugar donde ahora vives.

Lo que aprendí a hacer distinto

Con el tiempo entendí que no se trataba de elegir entre “aquí” y “allá”, como si fueran dos casas que compiten. Se trataba de dejar que ambos lugares convivieran en mí, sin que ninguno tuviera que ganarle al otro.
Aprendí a nombrar lo que extrañaba sin que eso significara que no podía construir algo nuevo donde estoy ahora. Aprendí que llorar por Venezuela un martes cualquiera, sin razón aparente, no es un retroceso.

Es parte de elaborar el duelo de algo que sigue vivo, aunque esté lejos.

Y aprendí, sobre todo, que los valores que traje conmigo, la calidez, la hospitalidad, la manera de sostener a la familia, no se quedaron en el aeropuerto. Vinieron conmigo. Y son, hoy, la parte más firme de mi
identidad en cualquier país donde esté.

Tres preguntas para ti, si estás viviendo esto

  1. De todo lo que dejaste, ¿qué extrañas que ni siquiera sabías que amabas hasta que no lo tuviste cerca?
  2. ¿Qué valor de tu cultura de origen decidiste sostener con fuerza en el lugar donde vives ahora?
  3. ¿Pertenecer, para ti, depende del lugar, o depende de lo que llevas contigo dondequiera que vas?

Lo que quiero que te lleves

Si estás migrando, o si migraste hace años y sigues sintiendo que algo no ha terminado de asentarse, quiero decirte esto: no es que te falte adaptarte más rápido. Es que estás atravesando varias pérdidas a la vez, y ese duelo tiene su propio tiempo, distinto al de cualquier otra persona.

No tienes que elegir entre el lugar que dejaste y el lugar donde estás.
Puedes sostener ambos, con sus valores, sus dolores y sus regalos, y seguir construyendo una vida coherente, sin que eso signifique traicionar de dónde vienes.

Con coherencia,

María Celsa

Referencias
Achotegui, J.
El duelo migratorio como duelo parcial, recurrente y múltiple.
Revista Family and Community Medicine.